Según Santo Tomás, el mal no es una realidad positiva, sino una privación del bien debido.
Distingue dos especies: el mal moral (malum culpae), que consiste en la desordenación voluntaria de la voluntad y tiene su origen en el libre albedrío cuando el hombre elige un bien inferior contra la recta razón; y el mal físico (malum poenae), que es la privación de un bien natural y procede del mal moral, pues la pena sigue a la culpa como su consecuencia y medicina.
Así, el orden causal es claro: “la culpa nace del libre albedrío y la pena sigue a la culpa” (cf. S.Th. I q.48; I-II qq.71–75; q.87).
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Dada la frecuencia con la que falla la estructura de la familia tradicional, pese a siglos de dividir el amor y la Ley entre los sexos según roles sexuales considerablemente codificados, ¿cuáles son las chances de que ambos roles sean desempeñados por uno solo de los padres o por los dos padres que tengan roles sexuales codificados de manera similar? ¿No es probable la incidencia de psicosis en estos casos?
(Bruce Fink, en «Introducción clínica al psicoanálisis lacaniano»)
En la carta encíclica «Centesimus annus», San Juan Pablo II señala que una auténtica democracia es posible solamente en un Estado de derecho y sobre la base de una recta concepción de la persona humana.
Plantea el agnosticismo y el relativismo escéptico como la filosofía y actitud fundamental de las políticas democráticas actuales, con la consecuencia de que la verdad es determinada por la mayoría.
Advierte que, si no existe una verdad última, la cual guía y orienta la acción política, entonces las ideas y las condiciones humanas pueden ser instrumentalizadas fácilmente para fines de poder, y que una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto, como demuestra la historia.
Desde aquí es fácil entender por qué la cultura y la praxis del totalitarismo comportan además la negación de la Iglesia. El Estado, o bien el partido, que se erige por encima de todos los valores, no puede tolerar que se sostenga un "criterio objetivo del bien y del mal" por encima de la voluntad de los gobernantes y que, en determinadas circunstancias, puede servir para juzgar su comportamiento. Esto explica por qué el totalitarismo trata de destruir la Iglesia o, al menos, someterla, convirtiéndola en instrumento del propio aparato ideológico.
«Sabemos que todas las cosas cooperan para el bien de los que aman a Dios, de los que son llamados según su designio».
Romanos 8, 28.


"Hay que crear la figura delictiva de vivir de la política como delito de alta traición".
Antonio Escohotado



El ser humano no es omnisciente; muchas tradiciones, costumbres o estructuras heredadas son útiles para defender nuestras libertades aun cuando no lleguemos a entender cómo funcionan.
De hecho, las revoluciones que tratan de hacer una completa tabula rasa del pasado suelen ser revoluciones profundamente liberticidas y criminales que no dudan en arrasar con todo aquello que no encaje en su limitada visión del mundo.
El uso que hace Lacan del término «dialéctica» (la «dialéctica del deseo») no significa que el deseo siga la versión ampliamente difundida de la dialéctica hegeliana —tesis, antítesis, síntesis—; significa que el deseo se pone en movimiento, se libera de la fijación inherente a la demanda.