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🔊🤔💭💭 image El Cero & 0y1
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🔊 "Buenas Noches GN Bitcoin no tiene defectos; tiene detractores y tiene atacantes. Un protocolo que, por diseño, crea una paz global algorítmica, (Tomás Prieto, #Piensa25, Ensayo); aquella que tanto reclamaba Immanuel Kant con la república, no puede tener defectos. Al contrario, tiene tantas virtudes que la mayoría no las vemos: para descubrir Bitcoin se necesitan mentes polímatas, y de esas hay pocas. O, dicho de otra forma, habría que crear un mapa mental holístico para contemplar todo lo que implica Bitcoin. Bitcoin trae un cambio civilizatorio que ha empezado por el dinero, es verdad, pero que continúa con la propiedad, dará el salto a la gobernanza, creará nuevas estructuras sociales, dará lugar a nuevas instituciones y dejará obsoleto el monopolio de la violencia. Cuando esto ocurra, casi sin darnos cuenta viviremos en un mundo en el que rige el consenso algorítmico, y ello generará paz social. Existe una capa social que hace de la violencia un negocio muy rentable. Los bitcoiners tenemos el deber moral de dejar obsoletos los tres males de la sociedad: - BC - Estados - Centralización Si lo conseguimos, el eje del poder girará 180°, proyectando el poder de la BC hacia un poder de computación en el ciberespacio (proyección del poder, Jason Lowery). Para que esto ocurra, necesitamos la hiperbitcoinización y darnos cuenta de que Bitcoin es un GPT: una tecnología de propósito general, como el lenguaje, la escritura, la rueda, el fuego, el cero, el sistema binario, internet, Bitcoin y la IA. Para contrarrestar el nuevo poder que está gravitando hacia la IA, tenemos que ser conscientes de todo lo que podemos hacer con Bitcoin. 🙏💭📚 🔊 La autocrítica existe y está documentada ampliamente. Quien dice que “en Bitcoin no hay autocrítica” simplemente desconoce la literatura, no ha leído a Satoshi, no conoce la historia del desarrollo técnico y no está familiarizado con la reflexión social y filosófica que acompaña al protocolo. Desde esa perspectiva misma de la autocrítica Bitcoin es perfecto, estoy de acuerdo contigo, simplemente al ser un organismo vivo tiende a mejorarse y mutar en nuevas madrigueras. ...seguir leyendo en #Nakamotobook www.nakamotobook.com image
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🔊 Menos corporaciones, menos grandes Estados: el siglo de las comunidades En el debate político contemporáneo se ha instalado una falsa elección: o corporativismo o socialismo. Como en la odisea de Homero, se nos presenta un rumbo donde, si viramos demasiado hacia un lado, chocamos contra las rocas de las grandes corporaciones y, si lo hacemos hacia el otro, somos engullidos por el remolino del Estado gigante y lejano. Ambas opciones comparten un mismo problema de fondo: concentran un poder enorme, distante y difícil de controlar para las personas corrientes. Es innegable que las innovaciones a gran escala han sido un enorme motor de prosperidad. Los avances en derecho contractual, propiedad, mercados financieros y, más recientemente, en tecnologías como las cadenas de bloques, los contratos inteligentes o la inteligencia artificial, han permitido crear instituciones más eficientes y, en algunos casos, menos dependientes de la confianza ciega en terceros. Este tipo de innovación, bien depurada con el tiempo, ha generado beneficios netos para la humanidad, especialmente cuando las malas ideas han podido ser descartadas. Sin embargo, el siglo XX dejó también una herencia envenenada: la obsesión por canalizar la vida de las personas hacia estructuras gigantescas y remotas, ya sean gobiernos nacionales e internacionales o corporaciones globales. Se delegó en ellas buena parte de la organización de la economía, de la cultura e incluso de la vida cotidiana. El resultado ha sido una erosión progresiva de las comunidades intermedias: familias, barrios, asociaciones, parroquias, gremios y otros espacios donde las personas se relacionan cara a cara y construyen significados compartidos. Hoy se habla mucho de cómo la tecnología puede reemplazar la necesidad de confiar en desconocidos gracias a la verificación, la criptografía y la seguridad no violenta en redes distribuidas. Pero esa no es la única corrección necesaria. Además de mejorar las instituciones globales, se impone una tarea igual de urgente: dejar de centrar casi toda la atención política, económica y cultural en las grandes escalas y recuperarla para los ámbitos más pequeños, cercanos y legibles de la vida social. En lugar de obsesionarnos con indicadores macroeconómicos como el PIB o la productividad agregada, convendría preguntarse qué está pasando en la vida cotidiana: en el hogar, en las familias extendidas, en los grupos de amigos, en las iglesias y comunidades locales, incluidas las que se organizan en Internet. La economía, por importante que sea, debería ser un medio para proteger y nutrir estas redes de pertenencia, no un fin abstracto al que sacrificar vínculos, tradiciones y proyectos vitales. La propuesta es clara: menos protagonismo para las grandes corporaciones remotas y para los grandes gobiernos alejados de la realidad diaria, y más apoyo a las familias, a las comunidades locales y a los entornos donde existen entendimientos compartidos de larga duración, es decir, tradiciones vivas. Estas tradiciones no son simple folclore: son sistemas de significado que permiten que las personas se comuniquen con profundidad, coordinen sus acciones y construyan confianza real, no meramente contractual o regulatoria. Buena parte de los daños culturales del siglo pasado puede leerse como el resultado de extraños —ejecutivos, burócratas, políticos— presentándose como aliados de la ciudadanía mientras imponían modelos que fragmentaban comunidades y estilos de vida. Frente a esa dinámica, el reto del siglo XXI no es solo “regular mejor” a las grandes empresas o “reformar” los grandes Estados, sino reequilibrar el mapa social para que las pequeñas escalas vuelvan a ocupar el centro de la escena. Esto implica, entre otras cosas, dar prioridad política y legal a la formación, crecimiento y protección de las familias; blindar la continuidad de comunidades reales que se comunican a través de significados compartidos y prácticas sostenidas; y cuidar religiones, tradiciones no comerciales y culturas locales frente a las disrupciones bruscas. No se trata de rechazar la globalización en bloque, sino de reconocer que fenómenos como cierta forma de inmigración masiva, la reestructuración acelerada del empleo o la homogeneización cultural pueden desarraigar comunidades enteras si no se gestionan con prudencia. Si el siglo XX fue el de la hipertrofia del Estado y de la gran corporación, el siglo XXI solo será habitable si consigue ser el de las comunidades: más pequeñas, más legibles, más controlables por sus miembros, pero conectadas entre sí mediante tecnologías que permitan cooperar sin destruir identidades ni tradiciones. Menos culto al tamaño y a las cifras agregadas; más empeño en que nuestras instituciones económicas y políticas estén al servicio de lo que realmente hace que la vida merezca la pena: los vínculos cercanos, las historias compartidas y las comunidades que perduran. 🔊 Inspirado en este tuit de Nick Szabo. image
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