Hoy toca estudiar a Pablo Neruda, un poeta absolutamente deslumbrante, y un icono del comunismo internacional durante generaciones. En vida Neruda escribió los más maravillosos versos de su tiempo, y ademas: - Violó a su criada cuando era cónsul en Sri Lanka (confesado por él mismo). - Abandonó a su suerte a su hija, que nació con hidrocefalia, y a la madre de la criatura. La hija murió en la pobreza a los 9 años, sin que Neruda la visitara o apoyara económicamente. - Engañó a sus esposas, manteniendo múltiples relaciones simultáneas. - Idolatró a Stalin hasta el final de su vida (Neruda murió en 1973), cuando ya se conocían todas las atrocidades que el dictador ruso había cometido. ¿Cuál es mi posición al respecto? Pues la misma que con casos más recientes y sutiles, como el de Neil Gaiman o el de J.K. Rowling u otros maravillosos escritores que han resultado tener una calidad humana de lo más cuestionable. Mi lema siempre es: adora la obra; jamás adores al autor. Sé fan de la obra; jamás de quien la escribió. Los autores no merecen ninguna idolatría; sus libros sí. Porque la obra, en el momento en que el autor la publica, ya no le pertenece. Se ha escindido del autor y ya tiene su propia vida, autónoma e independiente de la del autor. Al autor le siguen perteneciendo sus derechos de explotación, sí, pero la obra en sí, ya es de los lectores. Y está perfecto que no quieras darle más dinero a un escritor vivo que te parece un trozo de mierda. Pero no tienes que dejar de leerlo (qué ahí está la segunda mano y las bibliotecas). La poesía de Neruda o los libros de Harry Potter han pasado a ser de todos sus lectores. Porque los lectores siempre son propietarios absolutos de sus lecturas. Y los escritores o sus herederos, solo de sus derechos de explotación. Por ello, leer, comentar y promover la lectura de buenos libros jamás debe tomarse como una apología a la moralidad de quienes los escribieron. #literatura
El día antes de morir, una paz repentina inundó a Inés cuando se enteró de que España entera se había quedado sin electricidad. Se levantó de su puesto casero de teletrabajo y le propuso a Carmen irse antes a comer al parque. Carmen sonrío. — Me pinto el ojo y estoy —dijo. El apagón había coincidido con el Lunes de Aguas, una fiesta salmantina que se celebra al modo pre electricidad, esto es: yendo a merendar junto al río una tosca empanada de embutido. Carmen quiso comprarse una Coca Cola, pero los dependientes del Carrefour habían formado una barrera humana frente a las puertas abiertas del local. Frente a la estación de buses, una chica miraba desolada su gigantesco móvil inerte. Un poli nacional dirigía la intersección con los semáforos apagados. Pero cuando llegaron al parque fluvial, era un Lunes de Aguas como cualquier otro. A la sombra de un árbol recién florecido, rodeadas de universitarios, Inés y Carmen se comieron el hornazo y se tumbaron sobre una gran toalla bajo el cielo azul. Inés se acordó entonces de sus veranos sin electricidad en los campamentos de las Siervas de San José. Los monitores alquilaban un prado en algún monte de León, instalaban viejas tiendas canadienses, cavaban unas letrinas y eso era todo. Ni siquiera tenían generador a gasolina. Solo camping gas y linternas de petaca. Y la noche más oscura, estrellada y sobrecogedora abrigándolas tras cada atardecer. Mientras observaba un ave rapaz ascendiendo en círculos por una térmica, Inés calculó cómo convertir su casa en un campamento. Tenía un hornillo de alcohol en el garaje. Y varias linternas frontales led. Y una buena provisión de garbanzos. Con agua y un poquito de alcohol, en una primavera así, podrían aguantar meses. Leer, dormir, escribir, tumbarse al sol, mirar a Carmen… Lo que le hacía mas feliz funcionaba sin electricidad. Al menos, por un tiempo. Luego, al volver a casa, vieron que los semáforos ya se habían encendido. #CuentosSinFinal