Marga había pasado la mitad de su vida adulta hablando con voz susurrante.
Ese tono íntimo y confidencial, usado por niños que se cuentan secretitos y cantautores románticos franceses, había sido un deje casi oficial para bibliotecarios como ella.
Además, durante más de 25 años, Marga había trabajado a la sombra de una directora que concebía la biblioteca como una catedral del silencio. Penetrar en su espacio pasaba por acatar esa ley o ser invitado a callarse e incluso a marcharse si se obstinaba en la falta.
Había quien lo desconocía todo de la técnica de la voz susurrante y solo sabía hablar a voces. Había quien carecía de la empatía y la inteligencia para entenderlo. Luego estaban los locos y los que, por falta total de contacto con la lectura, ni siquiera habían recaído en la necesidades de la concentración.
A lo largo de los esos 25 años, Marga había desarrollado un método para cada neutralizar a cada usuario ruidoso. Acataba las órdenes de su jefa, si bien no su intransigencia, no su peste a clasismo cultural.
Ahora a Marga la acababan de nombrar directora de una nueva biblioteca, inaugurada en el barrio más popular de una pobre ciudad de provincias. Su gran espacio diáfano se abría a la ciudad desde lo alto de una colina a través de amplias cristaleras.
Y un grupo escolar de primaria acababa de cruzar su umbral transparente.
Marga pensó en ese otro lugar donde pasó 25 años, ubicado en un palacio renacentista construido para proteger a los de dentro de los de fuera.
Los niños se habían dispersado por el espacio diáfano. Una pequeña bomba de susurros y ruiditos de ratón expandía su onda. La profa les pastoreó hasta que se sentaron en la alfombra del área infantil.
Entonces, la directora empezó a contar la historia del guisante, que dura un instante.
La opositora dejó de estudiar. El lector de periódicos dejó de leer. Toda la biblioteca dejó lo que estaba haciendo y la escuchó contar su cuento, con su voz nada susurrante.
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