En pocos días saldrá a la venta (a precio de coste) el sexto libro de mi pequeña editorial, en la que publico los trabajos de los alumnos de mi taller de escritura creativa. Este será el primer libro de relatos (los anteriores fueron novelas) y probablemente el último de este género que publique. Ha sido un experimento que ha salido muy bien en lo pedagógico y estoy feliz porque las autoras están felices. Todos los relatos parten de la misma premisa: un pasajero se sube a un taxi. Una misteriosa conductora le hace proposición: a cambio de tu historia te llevo a tu destino. Portada y diseño de colección de Desirée Nieves. image
Esta semana toca estudiar el Quijote, obra cumbre de blablabla...(bostezo). Adoro el Quijote, como todos los amantes de la literatura que lo han leído bien. Además, lo he estudiado a fondo en otras aventuras académicas. Pero hay algo que me molesta de volver a él, y que me empuja a no darle demasiada importancia. Creo que se debe a su institucionalización por parte de poderes muy diversos. El poder literario, el poder cultural, el poder académico, el poder político e incluso el poder comercial se han apropiado de esta obra tanto y tantas veces que es difícil sentir que me pertenece. Más bien, parece que yo le pertenezco al Quijote. Como si todos los españoles naciéramos con una deuda con el Quijote, una que si no es saldada, te convierte en "mal español". Si no lo conoces, pero, sobre todo, si no lo celebras, estás del lado equivocado de la Historia. Que sí, que es una obra maravillosa, que merece que cada lector se la apropie también y blablaba. Pero, que queréis que os diga, prefiero la literatura que no me mira desde un gigantesco pedestal de poder. Además, no es causal que esta obra le guste y le sirva tanto al poder. En su núcleo hay algo que la hace realmente apta para su institucionalización. Nace de la naturaleza ideológica de su autor, por mucho que la humanidad de sus personajes trascienda cualquier ideología por lo universal y blablabla. Sin ser una obra conservadora per se, es una obra que el conservadurismo puede celebrar sin ningún miedo, sin ningún reparo. ¿Por qué? Quizás porque su mayor mérito sea el estrictamente literario y formal; el de poner en marcha las herramientas más sofisticadas de la novela moderna. Pero, al final, no deja de ser una novela sobre la fatuidad del idealismo, donde la imaginación pierde una y otra vez, y el realismo gana una y otra vez.
Ha venido a verme desde Valencia mi amigo Alberto en un autobús y se ha vuelto en blablacar al día siguiente.Hemos presentado su última novela en una librería, pero eso era solo la excusa (creo que vendió solo 4 o 5 libros). Sobre todo hemos pasado horas charlando, de la forma más transparente, afectuosa y profunda. Y ahora me siento como si se me hubieran abierto los poros del alma. Exfoliado de todo lo que obstruía la transpiración. Lo que me pesaba ahora es más ligero. Qué buen amigo, jo.