Da miedo la forma en que la mayoría de las personas están dispuestas a dar sus datos personales en cualquier actividad social o comercial. El año pasado quise entrar a un baile en San Pablo, Brasil. A la persona que iba adelante le pidieron la cédula para registrar los datos. Después le pidieron que dejara sus huellas dactilares en un lector digital. Pregunté si se podía entrar sin dejar las huellas y me dijeron que no. Por supuesto que no entré. Pero seguramente cientos de personas se registraron esa noche. En otro momento quise entrar a un pub a comer algo y para atenderme me pedían registrar mi nombre, teléfono y domicilio. Les dije que me parecía innecesario, pero me dijeron que lo requería el sistema para registrar la mesa. Tampoco entré a ese lugar. Pero la persona que me acompañaba se molestó conmigo por no ceder con mis datos, y por no dejar que registrara sus datos. Hace unos días fui a comprar a una ferretería en Uruguay y para que me llamaran en la caja me pedían mis datos en el mostrador para registrarme como cliente. Pregunté si se podía evitar y esta vez me dijeron que sí, pero se notaba que el vendedor estaba muy molesto. Claramente hay que concientizar sobre el peligro potencial de dar nuestros datos, y la necesidad de no darlos a menos que sea realmente necesario. Y en ese caso consultar cómo se van a usar.